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sábado, 5 de mayo de 2012

Sepia

No recuerdo cómo llegue hasta aquí, ni por qué decidí venir. Estoy convencida de que un motivo movió mi acción, tal vez necesitaba comprar algo. Estoy en un bazar, creo que lo que se vende aquí es turco o húngaro; me pregunto si son gitanos los que veo por allá. Una mujer vestida con una bella falda roja choca sus palmas al ritmo de la música, es flamenco, ella canta.
Conozco la canción, canto con ella, no bailo, aunque me gustaría no sé cómo hacerlo. Llaman mi atención unos collares rojos de madera con detalles blancos que se exhiben en un puesto, están colocados dentro de charolas rojas de plástico. La mujer, una anciana de 70 años yo calculo, vestida de la misma manera que la que bailaba, observa mi atención a ellos, me los muestra con sus manos arrugadas y morenas. Tanto me han gustado que decido comprarlos, pero de pronto, todos los transeúntes se van.
Los ambulantes guardan sus cosas y marchan al paso de tortugas, el mercado se vacía. Tengo miedo, debo irme, pero se me eriza la piel por la sensación de soledad, mis pies se entumen y
enmudezco. Quiero ayuda, quiero que me saquen de ese lugar.
De pronto, un viejo amigo seaparece  a lo lejos, lo abrazo, me ha salvado y entonces recuerdo, yo quería unos collares para combinar con el bello vestido que había comprado en una plaza un poco lejos de ese lugar.
Debo regresar, mi coche está estacionado en algún aparcamiento del estacionamiento, la única manera de volver es tomar un antiguo tranvía colorido que pasa por el bazar. A  la misma manera del mercadillo está adornado el transporte. Todo él es amarillo y unas líneas rojas lo recubren. Una
campanilla anuncia su llegada.
Mi acompañante paga mi boleto. El interior es no menos extraño que todo lo que yo había visto. Adelante hay asientos, pero en la parte del fondo, a donde me dirigía, hay una regadera de agua caliente, me doy cuenta que mi atuendo está tan lleno de sudor que apesta, por lo que decido usarla. Unas mujeres idénticas a la que me vendió los collares lavan ropa del lado opuesto al que está la regadera. Les doy mi ropa. Ya desnuda corro la cortina de baño, por lo que mi acompañante se molesta, aunque como el caballero que es, no lo demuestra. El agua es deliciosa, tibia, con un olor a hierba verde de los bosques y a té recién preparado. El agua fluye por mi cuerpo desnudo mientras yo veo por una ventana alta que solo permite a mi rostro salir el camino de tierra y piedra que nos rodea, olisqueo el aire.
Una de las mujeres me detiene y pasa sobre mi cuerpo una gran toalla blanca, es suave y rugosa al mismo tiempo,  se siente como tela de sábanas antiguas más que como una toalla.
Mi ropa ya está seca, me agrada que el aroma del agua de la ducha es el mismo en mis prendas, tal vez usen la misma agua para todo.
Bajo del tranvía feliz y fresca, del brazo de mi acompañante. Nos dirigimos al estacionamiento, pero recuerdo que no he comprado la bisutería que necesitaba para combinar con el vestido rojo. Una enorme puerta de cristales se abre a medida que nos acercamos, el interior es frío y fresco, mas no familiar como lo era el bazar. La genta camina como autómatas programados, entran y salen de tiendas sin compra alguna, tampoco sonríen. A lo lejos, más voces amigas se aproximan a donde nos encontramos, ellos sonríen, no mucho, pero lo hacen.
Todos corremos, la diversión es potencial frente a nosotros, una tienda de juegos nos abre los brazos, permitiéndonos jugar con sus consolas y artefactos modernos. A mí no me gustan. Salgo sola, mi acompañante se quedó con los demás. Nuevamente tengo esa sensación de total abandono, pero a diferencia de la anterior, logro superarla.
Introduzco mi mano en la bolsa del pantalón, me doy cuenta que los collares que deseaba ahí están, esperando, esperando. Sonrío y me dirijo al estacionamiento. Una fuerza sobrehumana llega
a mi cuerpo, me siento fuerte, poderosa, capaz.
Son muchas las escaleras que debo bajar, el entorno es extraño, las escaleras están viejas y negras del smog que despiden los carros, no quiero tocarlas, ensuciarían mi piel limpia, con olor a
hierba.
Mi camioneta me espera, pero unos escalones antes de llegar, veo un río, tranquilo, apacible. Hay unos extranjeros, lo sé por el color de su piel e idioma.  Hablan, no entiendo ni una sola palabra.
Todos están desnudos, se bañan, sin morbo, sin pena. Se  trata de una escena tan tranquila y apacible que me quedaría por siempre, pero me retiro; temo interrumpir su baño.
Al llegar a mi vehículo, me interceptan mis amigos, confío en ellos, pero sus uñas se convierten en garras mientras de sus bocas salen poco a poco unos colmillos y dientes afilados. Sin embargo, no siento temor alguno, soy fuerte y capaz. Mi cuerpo sufre una metamorfosis que me da una apariencia similar a la de ellos, siento como gota a gota mi sangre se va llenando de adrenalina, de poder y ganas de atacar aloponente.
Mi victoria es fácil, los golpeo y dejo inconscientes. Al subir sus cuerpos a la plaza, me percato de que está totalmente llena, abarrotada de gente, por lo que solo arrojo los bultos a uncostado y vuelvo al estacionamiento.
Me detengo un poco antes de terminar la escalera para ver por última vez el río, tan hermoso, tan color sepia. Los árboles se asemejan a un paisaje de otoño. Nunca fui buena para conocer los nombres de las plantas, por lo que solo puedo decir, que las que circundaban al río eran todas hermosas. Ninguna tenía flores, todo era pastos, árboles de baja altura, y el aroma delicioso del agua del tranvía.
Algo cambió en la escena, los extranjeros siguen allí, pero ahora hay muchos caballos que también se bañan con ellos, no tiene silla de montar, ni jinetes que los guíen, mas alrededor de
ellos se encuentran las personas que habían estado antes.
Uno de esos hombres me hace señales para que los acompañe. Prácticamente corro, al llegar, me doy cuenta de que todos están en enormes rocas para no hundirse en el agua clara. Me quito la
ropa, pero no me siento desnuda, todos lo están, lo que me da una sensación más de pertenencia que de pudor.
El que me llamó, me indica que hay un lugar al extremo para que pueda sentir el agua helada en mis muslos. Me siento y temo por la profundidad del cuerpo de agua, sus manos me detienen yeso es lo que me da seguridad. Unas manos blancas que tienen fuerza perotibieza. Me percato que soy capaz de entender a la perfección su idioma, es  español sin duda. Me pregunto por qué
antes no lo habría comprendido.

Monto en un corcel blanco y bello. La altura me da una nueva perspectiva del lugar, tan ajeno a lo que está a dos pasos, el centro comercial. La gente tiene que irse, ellos tapan sus cuerpos con toallas similares a las que me dieron en el tranvía, se visten. Yo me visto. Me voy al estacionamiento igual que muchos y subo a mi camioneta.
A conducir un tope me saca del sopor y despierto en mi cama, triste por no poder regresar al lago de colores sepia.

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