Las
olas marinas. Olas marinas.
Los
dos, líquido humano, esparcido en el suelo de madera: los dos.
Las
olas marinas.
Los
dos.
No
se dan la cara, no se miran, no se tocan, no se sienten, sólo se escurren entre el suelo, cómo líquido humano flexible,
como agua musculosa, como sangre espesa.
Sonido
constante, disonante. Diminuendo, crecendo: de ella.
Pasa
el tiempo como si un caracol moviera la tierra. Y por fin, su estable cuello se
reorganiza para que ella volteé y diga: ¿Quieres llorar?. Y que el cuello de él
se reorganice vertebra por vertebra y la mire, y de sus labios provenga el: NO.
Nadie
quiere llorar, es la luz traicionera que empapa sus ojos inundándolos de
crecientes lágrimas traicioneras y falsas.
Olas
marinas.
Olas
marinas que salen de su aire de ella y que, ese mar, vive en su garganta.
Él,
que pinta los sonidos con sus ojos, intenta delinear el paisaje que ella canta
con su aire puro: Pueril, como el mar de
un niño.
El
caracol muere y la tierra continua, el tiempo se desquita.
Él
se arrastra como gelatina humana para buscar su mochila. Ella, concreta, cuelga
su cuerpo en el espacio.
Ya
concretados, salen y se miran, aceptando que la luz traicionera nunca existió
en sus ojos. Se miran y sienten como poco a poco, gota a gota humana, se
mezclan con la lluvia, creando agua, sentimiento y corriente. Se llevan en sus
brazos de gota las infinitas tiras de cine de su vida.
C.V.
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