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jueves, 27 de septiembre de 2012

IV


Las olas marinas. Olas marinas.
Los dos, líquido humano, esparcido en el suelo de madera: los dos.
Las olas marinas.
Los dos.
No se dan la cara, no se miran, no se tocan, no se sienten, sólo se escurren  entre el suelo, cómo líquido humano flexible, como agua musculosa, como sangre espesa.
Sonido constante, disonante. Diminuendo, crecendo: de ella.
Pasa el tiempo como si un caracol moviera la tierra. Y por fin, su estable cuello se reorganiza para que ella volteé y diga: ¿Quieres llorar?. Y que el cuello de él se reorganice vertebra por vertebra y la mire, y de sus labios provenga el: NO.
Nadie quiere llorar, es la luz traicionera que empapa sus ojos inundándolos de crecientes lágrimas traicioneras y falsas.
Olas marinas.
Olas marinas que salen de su aire de ella y que, ese mar, vive en su garganta.
Él, que pinta los sonidos con sus ojos, intenta delinear el paisaje que ella canta con su aire puro: Pueril, como el mar de un niño.
El caracol muere y la tierra continua, el tiempo se desquita.
Él se arrastra como gelatina humana para buscar su mochila. Ella, concreta, cuelga su cuerpo en el espacio.
Ya concretados, salen y se miran, aceptando que la luz traicionera nunca existió en sus ojos. Se miran y sienten como poco a poco, gota a gota humana, se mezclan con la lluvia, creando agua, sentimiento y corriente. Se llevan en sus brazos de gota las infinitas tiras de cine de su vida.


C.V.

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